Un marco obsoleto que cobra potencia no usada · Soluciones desde la autonomía
| Año | USD/kWh (aprox.) |
|---|---|
| 2014 | 0,13 |
| 2016 | 0,14 |
| 2018 | 0,15 |
| 2020 | 0,14 |
| 2022 | 0,18 |
| 2024 | 0,21 |
* Sequía, indexación a combustibles, depreciación y costo de transmisión.
El usuario paga generación + transmisión + distribución + subsidios + estabilización + impuestos. Cada kWh trae incorporado el flete de cientos de km, pérdidas de línea, mantenimiento de torres y una arquitectura de mercado que heredamos de Edison. El modelo de gran central y cables ya no es el único posible, pero la regulación y los cargos no lo reflejan.
Edison no tenía paneles solares ni baterías asequibles. Para vender la ampolleta, necesitó construir plantas y tender redes. Ese paradigma se enquistó y hoy seguimos pagando por él.
Hoy las distribuidoras pagan menos del 50% del precio de compra BT1 por la energía que los hogares inyectan a la red. Es decir, le venden cara la electricidad al usuario y se la compran regalada cuando él genera excedentes. Eso no es incentivo, es un subsidio encubierto a las empresas. El BT1 (tarifa residencial) supera los 0,21 USD/kWh, mientras la inyección se compensa a valores cercanos a 0,08–0,10 USD/kWh, muy por debajo de su real aporte al sistema.
🔋 Por eso hoy es mucho más conveniente un generador solar autónomo con baterías, sin inyección a la red.
Instalar un sistema fotovoltaico con almacenamiento (litio) permite autoconsumir casi toda la generación. La red queda exclusivamente como respaldo para días muy nublados o fallas del generador solar. De esta forma el usuario se libera de la relación abusiva de compra/venta, reduce drásticamente su cuenta y no subsidia con su excedente a la distribuidora.
El sistema tarifario chileno actual se diseñó a principios de los años 80, inspirado en las reformas eléctricas de Inglaterra y otros países que promovían la competencia y la señal de precios basada en costos marginales. En su momento fue considerado exitoso y varios países lo adoptaron. Sin embargo, esa estructura responde a una realidad de hace más de cuatro décadas: grandes centrales, redes unidireccionales y consumidores pasivos.
Un ejemplo emblemático es la tarifa BT1 (baja tensión residencial). Aunque mide sólo la energía consumida (kWh), incluye un cargo fijo mensual por potencia contratada (kW) que no refleja el uso real de la red. El cliente paga por una capacidad que quizás nunca utiliza, y ese cargo es especialmente injusto para los hogares de bajo consumo, donde el componente fijo puede representar más del 30% de la boleta. Además, la potencia contratada se define en tramos rígidos, sin posibilidad de adecuarse a los hábitos de cada familia.
Este diseño beneficia a las empresas distribuidoras, que recuperan costos fijos independientemente del servicio efectivamente prestado, y desincentiva la eficiencia energética. Pequeños consumidores —adultos mayores, viviendas con un solo residente, familias de escasos ingresos— terminan subsidiando a través de este cargo fijo la infraestructura que no demandan.
Mientras eso no ocurra, la opción más efectiva es la autonomía con baterías que ya planteamos: así el hogar escapa del injusto cobro por potencia y de la ruinosa compensación por inyección.
El SEN se extiende más de 3.000 km. Las pérdidas y peajes son enormes. Cada kWh generado en el norte y consumido en Santiago paga un alto costo de transporte. La generación local en techos evita ese gasto y alivia la red.
La inercia institucional. Pagamos infraestructura concebida para el siglo XX, permitimos que las reglas de compensación y los cargos fijos perpetúen un negocio obsoleto. Urge repensar el modelo: no vender kWh, sino servicios energéticos, y que el enchufe opere bidireccionalmente. Pero mientras eso llega, la opción más racional es la autonomía con baterías + respaldo de red.
La dirección es clara: del enchufe cautivo al enchufe activo, con baterías y red de respaldo.